A lo largo de mi vida, muchas personas me han dicho que soy optimista. Y sí, prefiero ver la vida desde ese lado, porque para verlo desde el otro, ya hay muchas razones.

También me han dicho que soy confiado, incluso en exceso. Y sí, prefiero confiar en las personas, en las situaciones, en que todo va a salir como tiene que salir.

Una vez mi amigo y socio Enrique O’Connor me contó este pequeño diálogo y la verdad es que me viene de vez en cuando a la cabeza, me encanta:

– Capitán, ¡estamos rodeados!
– ¡Estupendo! Ahora podemos avanzar en cualquier dirección…

Desde mi punto de vista, si eres optimista por naturaleza hay muchos aspectos de tu vida que cambian. Cuando una persona te hace daño dejas de pensar que eres víctima, por ejemplo; quizás esa persona tiene sus razones y quizás también esa experiencia te tiene algo que enseñar. Si el futuro es incierto o no estás seguro de algo, confiar en que salga como salga será bueno, creo que te cambia la percepción de la vida. Eso no quita para que uno se esfuerce para poner lo máximo de su parte mientras tanto.

Y claro, existe el riesgo de ser irrealistas o de sugestionarte con que las cosas son mejores de lo que son en realidad. Es habitual que la gente juzgue ese umbral, si es demasiado holgado o no, pero lo que está claro es que es una opción que cada uno de nosotros tenemos en cada situación.

Además, resulta que hay estudios sobre esto, dando datos como que el 75% del optimismo de cada uno se puede entrenar. Recuerdo que hace años leí un estudio científico que decía que el optimismo alarga la vida 9 años. ¿Por qué no trabajarse esto cada día en vez de tanto afán por rejuvenecer y que el tiempo no pase? Para mí estos estudios no hacen falta porque ya tengo la experiencia, pero está genial ver que la ciencia va corroborando nuestras sospechas.

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