Hace poco, Agustín Cuenca me dijo que si teníamos dos orejas y una boca es porque debíamos escuchar el doble de lo que hablábamos, o hablar la mitad de lo que escuchábamos.

Lo había oído más veces, pero justo ahora para las ventas es un buen consejo.

Tirando del hilo, evidentemente, tenía que haber un desarrollo más profundo de todo esto. Y está relacionado con la oratoria y la actividad terapéutica, aunque creo que puede aplicarse a las relaciones humanas en general, uniéndolo incluso con el no-juicio y la expresión objetiva de la comunicación no violenta.

En mi caso, trabajo con escucha empática desde que conocí el trabajo biográfico. Allí aprendí un truco muy valioso para mí, dentro de los contenidos de conversación planetaria, que relacionábamos con las cualidades lunares: R – repetir, resumir, reformular, reflejar, reafirmar… Todo esto con el reto de no incluir nada propio en la intervención, como si fuera un espejo, ningún juicio ni elaboración propia adicional.

En los coros que dirijo y en los talleres de musicoterapia a los que asisto, siempre hablamos de la escucha como cualidad musical. Y uno de los ponentes cuenta a menudo que participa en una formación de musicoterapia en Asia con sordos. ¿Sordos y música? Pues sí, y asegura que ellos son los más musicales, ya que perciben a su alrededor de otra manera muchísimo más afinada.

¿Qué es la escucha?

¿Sin oídos se puede escuchar?

¿Qué es la percepción?

En el libro El Poder del Ahora, Eckhart Tolle nos invita a descubrir lo que los hindúes llaman “el observador”. Y digo los hindúes porque ellos llevan milenios experimentando con la actividad de la meditación de atención plena (practicar la observación consciente en estado de quietud interior). En concreto, se trata de percibir conscientemente, desde fuera de uno, quién está pensando. Cuando tienes esta experiencia entras en una dimensión diferente, donde ya no te identificas con tus pensamientos, y por tanto tu ego y el ruido mental se diluye al no tener alimento. Parece haber una entidad adicional, relacionada contigo mismo, que participa en el proceso de pensar, pero que no es realmente la que piensa, o al menos no únicamente. No hace falta que lo demuestren científicamente, basta con tener la experiencia para saber de qué estamos hablando. Esto se lo debo en gran parte a mis primeras experiencias con Yassine Bendriss.

En la formación de trabajo biográfico aprendí a que, para conocer el mundo, primero hay que percibirlo, y después pensarlo. Este proceso está basado en la visión del mundo de Goethe, de 1756, y aún hoy no lo hemos incorporado en nuestro día a día. Por tanto, si queremos conocer el mundo, tenemos dos tareas: desarrollar unos sentidos adecuados que perciban al mundo y desarrollar un pensamiento libre de condicionamientos o estructuras preconcebidas (tal y como funciona nuestra sociedad). El cómo hacer esto es todo un camino de vida y cada uno encontrará la forma de conseguirlo según su misión y sus circunstancias.

Todo empieza a cuadrar. Para conocer el mundo, primero debemos percibirlo. Si una de las actividades de la percepción es la escucha, practicar la escucha es algo que debo hacer habitualmente. A veces se nos olvida, pero esa es la clave para avanzar en el camino; en el camino de las ventas, pero sobre todo, en el camino de la vida y de conocer el mundo.

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